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ETIQUETAS

Todos llevamos etiquetas en algún momento. Todos fuimos presos de los prejuicios. Y nosotros también pusimos etiquetas a las personas en apenas segundos. Conscientes o no, al final todos lo hicimos.
Pero el problema llega cuando tú mismo te etiquetas. Porque parece muy sencillo pasar de los adjetivos con los que te pueden calificar los otros. Parece muy sencillo arrancar el precio que “aparentas” tener. Pero parecer nunca fue una buena palabra.
Cuando uno mismo es quien se etiqueta, quien acepta cada palabra mal sonante que llega sobre ti, todo se complica. Te pierdes entre ficción y realidad, olvidas lo que era creer en ti y te obsesionas en cada papel que te cuelga.
No importa cómo te etiqueten, al final quien decide llevar esa etiqueta eres tú.

HABLAR DE TI

He escuchado hablar de ti. Bueno, para que mentir… me han venido a hablar de ti.

El tiempo ha hecho que no aparezca tu voz en mi garganta, tu olor en mi nariz, tú en mí.

Los días han hecho que el amor se convierta en odio como quien le da la vuelta a la moneda. Cara o cruz. No hay mitades contigo.

Hasta leer tu nombre en la pantalla del móvil me remite a curiosos escalofríos.

Hasta los buenos momentos se han marchitado.

Hasta te siento distante… a ti, a la persona que me despertó los sentidos, que me hizo acariciar.

Y justo ahora… en el momento que todo se aclarece, en lo alto de una montaña rusa… me hablan de ti. Y de mí. Olvidaba que la montaña rusa deja de subir para bajar en caída libre a las profundidades de la confusión.

Y me dicen que cambiaste, pero sólo yo sé la verdad. Tu escudo se ha roto, por primera vez, tus esquemas no están… Y te sientes perdido porque me buscas y yo no estoy.

Porque, por primera vez, no soy quien te busca a ti.

ME OLVIDARÁS

Me olvidarás igual que olvidaste tu esencia en mí, igual que me olvida la gente.

Me olvidarás porque no soy buen recuerdo, soy sólo corriente y tránsito.

Me olvidarás y seguirás adelante, como todos hicieron.

Porque soy como esos “me gustas” y “me encantas” que se cuelan entre palabras y que pierden todo valor al segundo.

Porque soy como un fantasma que pasó por tu vida, pero que ni siquiera llegaste a querer, a añorar.

Porque soy como esa arena con la que nunca intentarás crear castillos, porque acabarías derribándolos.

Me olvidarás porque soy como… no soy.

No soy lo que buscas, porque ni siquiera me encuentras.

No soy lo que piensas, porque desaparezco de tu mente con tanta facilidad que duele.

Y no soy lo que sientes, porque no sé amar. Porque quizás, no esté hecha para el amor, para ti.

CLASES

Entro en clase de Psicología Social. Quinta clase del semestre. Hoy, profesor nuevo. En mi cabeza aparecen las palabras rutina, aburrimiento, insatisfacción. Empieza la clase. De golpe, todas estas palabras desaparecen y emergen de nuevas como curiosidad, interés, ilusión.

Sus palabras fueron: El cambio empieza en uno mismo. Intervenir significa cambiar, y nosotros tenemos que creer en este cambio, creer que es posible cambiar. La mejor forma es experimentándolo por uno mismo. Sintiéndolo. Y lo que os voy a pedir es que penséis en algo que queráis cambiar de vosotros, es un reto, y que durante estos meses que estaremos juntos lo intentéis cambiar. Porque lo único que necesitáis son tres palabras: querer, poder y saber. Así podréis lograr lo que queráis.

TIERNO

Dicen que las caricias no hacen daño. Pero mienten. Nada duele más que una caricia o un beso, porque acaba doliendo en el corazón. Acaba hiriendo peor que una bala. La caricia va directa y te rompe en dos, o en tres, o en mil. Acaba destrozando tu interior, eso que ni la peor de las armas puede destrozar, tu alma, tu ser, tu ilusión.

Porque esa suave caricia parece que te da el mundo en cada segundo, se te eriza el pelo y te entra un cosquilleo, pero siendo sincera un día ya no estará. Se irá. Esa caricia ya no te pertenecerá y esas manos tocaran otra piel. Y tu piel será como un desierto, esperando encontrar agua en la soledad absoluta.

Por eso detesto el afecto de amor, por el miedo a que se vaya, a que no haya existido nunca. Porque no hay nada peor que la espera, la espera a que te vayas y yo desaparezca.

PORQUE…

Me apetece abrazarte, acariciarte, … simplemente estar contigo.

Pero como soy esa cobarde que tiene miedo a ser rechazada, aquí estoy escribiendo palabras sin sentido, ya que yo nunca te las mostraré, ni tú las leerás jamás.

Lo mejor es que, aunque la cruel casualidad te diera este papel, no sabrías que soy yo. No sabrías que eres tú.

Que tú inspiras a crear barcos por carreteras y aviones submarinos. Que tú inspiras a imposibles. Y, en cambio, yo inspiro a la absoluta nada, al vacío interminable.

Que al mirarme, me ves como una simple ecuación amistosa. Y yo por más que te mire siempre veo un paradigma sin solución.

Porque yo seré esos ojos achinados que aspiran al más pesado dolor y tú serás la sonrisa bondadosa, vacía de rabia.

Porque tú eres TÚ y yo… yo soy, simplemente, yo.

ESPERAR

Dicen que las esperas son largas, que toda espera tiene su recompensa.

Okay, ésto va de preliminares. Y más cuando dicen que disfrutemos del camino y que ahí se encuentran los recuerdos de nuestra vida. Lo entiendo pero, a veces, simplemente no puede compartirlo, no basta.

Porque las esperas también duelen, desesperan, te matan poco a poco y hasta te quitan ilusiones y te roban sueños.

Y es que una vez escuché que esperar a que la vida nos trate bien porque somos buenas personas es como que un toro no te ataque porque sos vegetariano. Así que, tal vez es mejor no esperar nada de nadie o esperar todo de todos.

Pero tal vez es mejor no esperar y hacer.

REFLEXIONEMOS

Es bueno pensar y reflexionar sobre la vida, el futuro o los sueños. Es bueno ser conscientes de lo que queremos conseguir, pero no siempre se puede estar consciente.

Y es que, a veces, lo que te llevará a vivir grandes momentos se encuentra detrás de una esquina. Y el problema está en ese camino que hay entre tus pies y esa pared que no deja ver lo que hay después.

Caminar a ciegas por un camino lleno de piedras o quedarse parado, acomodado con tus zapatos de moda, tu teléfono que te mantiene aislado con redes sociales y tu trabajo, que aun darte asco, te mantiene a flote.

Caminar a ciegas significa caer, arañarte, clavarte cristales y, sobretodo, miedo. Miedo a lo que hay más allá, miedo a no saber reaccionar, miedo a no ser lo suficiente. Por lo tanto, todo son excusas. Ir a ciegas o poder acabar herido, son simples excusas. La realidad es que no nos atrevemos a hacer las cosas porque no confiamos en nosotros mismos.

Por eso siempre nos comparamos con los demás, porque no somos capaces de mirarnos a nosotros y decir “esta soy yo, vamos a cambiar”. Qué fácil es ver los fallos del otro y que difícil es reconocer los propios. Olvídate del exterior.

¿Quieres tenerlo fácil? Okay, quédate donde estás y sobrevive en esta sociedad. Pero si quieres ser feliz, simplemente, arriesga por ti. Sé capaz de intentarlo, aunque falles. Porque no existe el fallo. A veces, para ganar tienes que perder primero y el simple hecho de intentarlo ya conlleva un aprendizaje, una experiencia que llena más que todos los caprichos del mundo.

Así que con una mirada segura, afirma que serás una mejor versión de ti mismo y que arriesgarás aun saber que no hay un destino, sino un vació interrogativo.